De pluma ajena: Supraconciencia: buen negocio, mala ciencia, peor religión (10/2026)





Proseguimos con nuestra disertación previa. 

En esta oportunidad, con un catedrático quien, provisto de una erudita verba, examina críticamente una nueva «ensalada de falsas espiritualidades»: un compendio redactado con el mezquino propósito de lucrar a costa de cándidos lectores ávidos de trascendencia, pero desprovistos de todo rigor o voluntad de estudio. 

Finalmente, el profesor nos confía sus vivencias personales para conducirnos hacia la única conclusión posible.

¡Qué Dios nos ayude a “pensar la patria”!



Todos los resaltados son de esta edición.


Supraconciencia: buen negocio, mala ciencia, peor religión

Pedro Gómez Carrizo – 03/10/26 11:22 AM

«Lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar». -- San Pablo a los atenienses (Hch 17, 23)

Hay un señor muy serio que dice que puede demostrar que Dios existe, y que la fórmula de esa demostración está en su libro. En sus cuatro primeros meses despachó cerca de trescientos mil ejemplares. Cuenta el señor que el Papa de antes, Bergoglio, lo llamó, lo recibió en audiencia privada y quiso saber: «¿Cómo es que usted llena teatros de dos mil personas o más y las iglesias están vacías?». La respuesta «un poco dura» que le dio, tal como se la he oído en persona, es que eso ocurre porque la Iglesia habla de dogmas mientras que él habla el lenguaje universal de la Ciencia, con mayúsculas.

Este señor muy serio es el cirujano octogenario Manuel Sans Segarra y el best seller lo escribió con --aunque podríamos eliminar la preposición-- Juan Carlos Cebrián, un periodista que se presenta como emprendedor del «bienestar y el desarrollo personal», que es como se llama la autoayuda cuando disimula. El libro se titula La Supraconciencia existe y se subtitula Vida después de la vida, que es, mira qué casualidad, el título con que Raymond Moody inauguró el género en 1975. Doctor y emprendedor se conocieron en abril de 2023, y en septiembre de 2024 la obra estaba ya expedida en la mesa de novedades. Quién puso la firma y quién la prosa es cosa que la cubierta no aclara, pero el lector adivina al tercer párrafo.

Diecisiete meses pasaron entre el apretón de manos y el éxito superventas. Como «producto» de mercado editorial, marca Planeta, es realmente encomiable --felicitaciones al editor pergeñador--; pero como ensayo, ¡ay!, estamos ante un pastiche donde la física cuántica aprendida de oídas se da la mano con el Vedanta en edición de kiosco.

Vayamos al grano. En primer lugar, cabe decir que «la Ciencia con mayúscula» aludida no quiere saber nada del doctor. Las críticas no se hicieron esperar, y llegaron de esas mismas Voces de la Comunidad Científica Realmente Existente, que no perdonan que un parvenu de bata verde se pasee por la mecánica cuántica sin haber hecho cola. Tienen razón en casi todo lo que niegan. El libro salta del electrón al alma con una alegría que haría sonrojar a un estudiante de primero, y deja tantos flancos al descubierto que criticarlo es tirar a puerta vacía. El físico Javier Santaolalla lo ha despachado como el peor libro de ciencia que ha leído en su vida, y no seré yo quien le discuta el podio. Tampoco en lo experimental hay novedad: las experiencias cercanas a la muerte llevan medio siglo estudiándose con bastante más seriedad --Moody, Greyson y su escala, Van Lommel en The Lancet, Parnia y sus paradas cardiacas--, y el doctor no añade a ese expediente más que su firma.

Sucede que a los fiscales del doctor también se les ve el plumero. Un químico nos recuerda que la conciencia es producto del cerebro, y santas pascuas. ¿Producto? Eso no ha salido de ninguna probeta: es metafísica de contrabando, y de la mala. Que el pensamiento necesite del cerebro como la música del piano no convierte al piano en compositor. Pero el materialista razona como el pescador de Eddington --físico, por cierto--, que faenando con red de malla ancha concluía muy ufano que en el mar no hay peces pequeños: su método solo atrapa lo que se pesa y se mide, y de ahí deduce que no existe nada más. Lo que no se cuenta, no cuenta. Es la vieja manía de explicar lo superior por lo inferior: el alma por la neurona y la fuga de Bach por los gramos de tinta. Y encima la tesis se desmiente sola. Si el pensamiento es una secreción del cerebro, como la bilis lo es del hígado --la ocurrencia tiene ya dos siglos--, también lo es la tesis del químico, y de una secreción nadie espera que sea verdadera: basta con que fluya.

Ya circula, además, un contralibro titulado, con derroche de imaginación, La supraconciencia no existe; y un neurofisiólogo norteamericano sentencia que creer en una conciencia más allá del cerebro pertenece al «reino de la fe». O sea: lo que no cabe en el escáner, a la sacristía.

Hasta aquí la pelea de la ciencia mala contra la ciencia miope. Pero no es eso lo que me interesa. Lo preocupante, para un creyente, es que el libro resulta igual de impresentable visto desde la religión. Si como ciencia es el peor que ha leído el citado físico, como espiritualidad es de lo más tóxico que puede caer en manos de un bautizado. Mezcla churras con merinas con perseverancia, y con esa mezcla despacha un veneno conocido.

La primera pifia es confundir lo que se sabe con lo que se cree. El doctor asegura haber llegado por vía científica a lo mismo que enseña la Iglesia: una inteligencia primera, creadora del universo. Enhorabuena. Aristóteles llegó sin acelerador de partículas, y a santo Tomás le bastó un artículo de la Suma para dejar trazadas cinco vías: lo que se mueve pide un motor, lo causado una causa, lo que pudo no existir un ser que exista por sí mismo. El primer motor nunca necesitó microtúbulos. Y para la quinta vía, la del orden, basta con mirar: las cosas que carecen de entendimiento no aciertan con su fin por casualidad, como la flecha no da en el blanco sin arquero. Ya puede un tornado barrer un desguace un millón de veces, que nunca dejará montado un Boeing; la imagen es del astrónomo Fred Hoyle, nada beato. Y el universo entero, con unas leyes tan puntuales que se dejan escribir en ecuaciones, es bastante más fino que un Boeing.

Que Dios existe no es, pues, cuestión de fe, como cree el neurofisiólogo, ni de Ciencia con mayúscula, como cree el cirujano, sino de pura razón. Lo definió el Concilio Vaticano I, y san Pablo llamó «inexcusables» a quienes no llegan al Creador por sus obras. Quien «no llega» no es por carecer de fe, sino de luces, o de ganas de encenderlas.

La fe sí hace falta para dar el salto desde la constatación racional de ese «algo hay» creador, ausente e indiferente, hasta la creencia en el Dios personal cristiano. A este Dios que se hizo carne, que murió en la cruz, resucitó y nos acompaña, llegamos por la Revelación. Eso no se demuestra porque hay que recibirlo, y «eso» es, justamente, lo que la supraconciencia pretende jubilar.

Ahí está la segunda pifia, el Dios que sale de la mezcla. Porque nuestro «demostrador» aclara en sus entrevistas que su Dios es el de Spinoza, que todo lo perdona y a nadie juzga --nos juzgamos nosotros mismos, faltaría más--, y que eso del castigo nos lo contaron para meternos miedo. Se le escapa al doctor que el Dios de Spinoza, Deus sive Natura, ni crea el universo ni perdona nada: «propiamente hablando, no ama a nadie, ni odia a nadie», dejó escrito el pulidor de lentes en su Ética. Un Creador que no crea y un perdón sin nadie que perdone. Vaya.

Así que lo que queda, una vez retirada la tramoya cuántica, es el surtido habitual del herbolario espiritual: Upanishads en dosis homeopáticas, el holograma, Jung, el ego como único pecado y la supraconciencia --avalada, cómo no, por Yogananda-- como redentor. Un más allá sin Juicio, un Dios sin Cruz, una salvación sin Salvador. O sea, lo que viene siendo el «algo hay» de toda la vida, la respuesta de quien no ha dedicado al asunto ni una tarde, pero con función de onda.

Y aquí está el veneno. Porque esa ocurrencia del «algo hay», por tonta que parezca, y sea, es un credo, y tiene una parroquia poderosa. Es la religión difusa y universal de siempre, ya adore al Gran Arquitecto sin rostro, sin dogma y sin altar, ya a la Energía en cualquiera de las diversas variantes que acierte a bautizar la última excrecencia New Age.

El propio doctor lo ha dejado dicho al revelar que, en la audiencia papal, según recogió La Vanguardia: «Llegamos a un acuerdo en que existe una inteligencia primera, un Arquitecto Original, el origen de todas las religiones, al que cada cultura ha llamado de forma distinta: Dios, Alá, Jehová, Brahma, Tao...». A Sans Segarra no le cabe duda de que «Esa supraconciencia es Dios en cada uno de nosotros». Después visitó al dalái lama y sintió, dice, «lo mismo, lo mismo». Un Dios, en suma, al que le da igual una confesión que otra.

En fin, me tocó hace poco compartir con el superventas una velada donde repitió, con la esperada rotundidad, que él ha demostrado que Dios existe.

Pero no. Lo máximo que alcanza a decir su libro, y lo dice fatal, es ese «algo hay» que ya los atenienses grabaron en un altar: Al Dios desconocido. San Pablo lo vio y, lejos de felicitarlos por el hallazgo, les anunció Quién era. La Iglesia lleva veinte siglos anunciando a ese Dios con nombre propio, que el negocio de ahora quiere devolvernos al altar del Desconocido.

Podemos imaginar al doctor en el Areópago, firmando ejemplares junto al altar del Dios desconocido, mientras el Apóstol guarda cola para explicarle, con paciencia bíblica, Quién es ese Algo.

La receta de la sopa de ajo, doctor, ya estaba en la carta hace milenios.


Publicación original Aquí

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Pedro Gómez Carrizo (Barcelona, 1966) es editor, profesor, traductor, analista político y experto en comunicación. Durante sus treinta años de vinculación al mundo editorial ha colaborado —como editor, prologuista, traductor o redactor— en cerca de trescientas obras de las temáticas más diversas: historia, filosofía, literatura, economía, arte, sociología, política, ciencia y religión.

¿Por qué se alejó de la práctica de la religión católica tras la primera comunión?

Realmente no puedo hablar de alejamiento en sentido estricto, pues alejarse de algo implica haber estado antes cerca, y yo nunca lo estuve. Es bastante común: hice la comunión en 1973 y en esa época poca gente se planteaba no hacerla. Solo en el caso de que existiese un rechazo explícito hacia la religión, y no era el caso de mi familia.

Supongo que esa etiqueta de “católico no practicante” estaba bastante consolidada. El problema es que esa etiqueta, en la mayoría de los casos, no era sino un eufemismo. Una forma de acallar la conciencia, de tranquilizarla con el espejismo de una filiación nominal que apenas implicaba nada. En la práctica, el modo de vida del llamado católico no practicante era indistinguible del de un agnóstico o incluso de un ateo respetuoso. Sin misa dominical, sin confesiones ni sacramentos, sin oración, sin conversión: una identidad vacía. Vivir como si Dios no existiera, pero sin declararlo.

Sin embargo, ¿por qué nunca dejó de buscar el sentido trascendente de la vida?

La dimensión trascendente es consustancial al ser humano. El hombre siempre ha buscado a Dios de una u otra forma. En todo tiempo y lugar ha existido esa frontera entre lo profano y lo sagrado de la que habló Mircea Eliade. Esa condición intermedia del ser humano que vive en tensión constante entre el mundo sensible y el mundo espiritual, entre la finitud y la trascendencia, entre el devenir y el Ser, es lo que Platón llamaba metaxy, y es precisamente lo que nos hace humanos. Goethe redime a su Fausto por esa aspiración constante hacia lo mejor.

Lo excepcional es el mundo en que vivimos. Esa eliminación de lo sagrado que hoy en día nos venden como lo normal es, por el contrario, una absoluta anomalía en la historia de la humanidad. La modernidad trajo consigo una crisis existencial: la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, el desencanto del mundo de Max Weber, el triunfo del reino de la cantidad… E incluso a pesar de estos anuncios, la ruptura con lo trascendente no comenzó a extenderse hasta los años sesenta del siglo XX, y solo ha alcanzado su hegemonía plena en el siglo XXI. En mi caso, esa constatación de una humanidad cada vez más huérfana, rota, deprimida, sin sentido, fue lo que me orientó hacia el cristianismo. Hoy sé que esa inquietud ya era una gracia. Era Dios que salía a mi encuentro. La semilla del bautismo que empezaba a fructificar.

Leyó e investigó mucho y conoció diferentes religiones, pero, ¿se podría decir que estaba cada vez más confundido?

No, más confundido no, porque yo no partía de ninguna claridad. Partía de la confusión. Perseveraba en la búsqueda sin quedar nunca satisfecho. Podía apreciar, y mucho, fragmentos de verdad en algunas de ellas, pero la magia desaparecía cuando las contemplaba en conjunto, siempre había algo que me generaba rechazo. Podía, por ejemplo, prendarme del Bhagavad Gītā y huir como de la peste del hinduismo que lo enmarcaba; reconocer el valor sapiencial de ciertos sutras budistas y, al mismo tiempo, abominar de la cobardía y el sinsentido que supone su renuncia al mundo, o incluso apreciar suras coránicas sin dejar de advertir la temible teocracia que alimentaban. Como se dice ahora, aunque sea un término manido, ninguna de esas religiones me “resonaba” por completo. Había siempre una voz interior que me advertía que anidaba en ellas el error, o el terror… Por sus frutos los conoceréis.

En el fondo buscaba conocer la verdad con el mero entendimiento, pero, ¿por qué sin la ayuda de la gracia era imposible alcanzarla?

Bueno, lo cierto es más bien que una de las razones que me llevaron al catolicismo fue descubrir que era la religión más razonable. No me cabe duda. Antes de haber leído los Evangelios, ya había leído a Chesterton. La fe no es solo cuestión de fe. Eso sería fideísmo… Mi rechazo hacia ciertas religiones nacía, precisamente, de su desprecio por el entendimiento. Me incomodaba esa exhortación a «vaciar la mente» o «trascender la razón» para alcanzar la iluminación y conectar con el Dios que somos… No somos dioses, somos criaturas, pero criaturas dotadas de razón para comprender su Creación y llegar al Creador. A mí, cuando me piden que renuncie al entendimiento, me echo las manos a la cartera… Porque la razón es lo que nos hace humanos. Y porque la existencia de Dios no es, en sí misma, un acto de fe: es una conclusión racional. No creer en Dios, a mi juicio, no es falta de fe: es falta de inteligencia. Otra cosa muy distinta es creer en el Dios personal, en el Dios que se ha revelado en Jesucristo, en el misterio trinitario… Para esa fe sí es precisa la gracia. Pero incluso en ese caso, la razón no queda abolida, sino iluminada. Existe un camino que no es irracional, sino sobre-racional. Como decía Benedicto XVI, la fe es «razón ampliada» por la gracia; va más allá de la razón sin contradecirla.

¿Se podría decir que cayó en una especie de escepticismo gnóstico?

No exactamente. El gnosticismo, al menos el trascendente, no es escéptico. Todo lo contrario: es una certeza altiva, una supuesta gnosis que solo los elegidos pueden alcanzar. Tertuliano se pasó de frenada con su Credo quia absurdum precisamente para ridiculizar el racionalismo gnóstico. También existe un gnosticismo inmanente, secularizado. Ese es el que da origen a las ideologías modernas: la creencia de que el hombre puede crear el paraíso en la tierra mediante la razón, la ciencia o la técnica. Kant puso los cimientos de esa soteriología laica. Y el transhumanismo actual es su heredero más reciente: un nuevo gnosticismo que ya ni siquiera necesita de lo sagrado, sino que convierte al hombre en su propio dios.

¿Le remordía en su conciencia la intuición de que no estaba en el camino correcto?

Buscaba y no encontraba. No podía sentirme culpable por no hallar las respuestas a mis preguntas. Pero sí me faltaba paz. La conversión te da mucha paz. La paz que solo puede dar Cristo, porque como dijo san Agustín, “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

¿Cómo fue su reencuentro con la fe católica?

Fue más bien un encuentro. Un hallazgo providencial, como el que relata Poe en La carta robada: lo buscado estaba ante mis ojos desde el principio, o como en aquellas historias donde el tesoro no está al final del viaje, sino enterrado en el propio jardín. En mi caso particular para ese descubrimiento ayudó mucho un retiro de Emaús. Allí caí en la cuenta de que la puerta a la que Cristo llama solo puede abrirse desde dentro. El picaporte estaba de mi lado. Así que era necesario un acto de la voluntad: la decisión de abrir. La gracia te mueve a dar ese paso.

¿Tuvo la sensación de volver a casa?

Sí, podría decirse que tuve la sensación de llegar a una casa donde se me estaba esperando. La religión tiene esa dimensión importantísima de cobijo, de amparo, de refugio, de acogida… Pero la metáfora de la casa quizá sea más útil emplearla en otro sentido. Me gusta la imagen de que uno es la casa donde Cristo desea entrar. Como en poema de Lope de Vega: «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? …» Es una imagen poderosísima que aparece ya en el Apocalipsis: «Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él». Es una epifanía entender que esa morada que es nuestra alma ha sido preparada desde la eternidad para albergar a su Señor.

¿En qué medida le parecieron muy lógicas y racionales las verdades de nuestra fe?

Totalmente. Como ya anticipé, la razonabilidad del catolicismo fue lo primero que me atrajo. No se trataba de cerrar los ojos y dar un salto al vacío, sino de abrirlos del todo y contemplar un orden que respondía a las preguntas más profundas del alma y de la inteligencia. A diferencia de otras religiones o filosofías que parecían prescindir del logos o incluso combatirlo, el catolicismo lo abrazaba, lo ordenaba, lo transfiguraba.

¿Cómo fue el proceso de formación y asimilación de la doctrina católica?

Deslumbrante. Más que «fue», lo está siendo. Es descubrir un tesoro de sabiduría acumulada durante siglos, un universo ordenado, coherente, luminoso. Supone acceder a infinidad de textos de espiritualidad cristiana que son un precioso alimento para el alma.

Chesterton admiraba de la Iglesia la capacidad de perdonar pecados, algo que deja una tranquilidad de conciencia. ¿Lo pudo experimentar usted?

Sí, y en los términos exactos en los que lo anunciaba Chesterton, que me ha servido a menudo de guía. Admiro esa grandeza del cristianismo que responde «sí y sí» cuando existen disyuntivas a las que otras religiones o ideologías presentan como excluyentes. «Sí, el hombre es profundamente culpable, pero sí, también es infinitamente valioso». Así describe Chesterton la visión católica. Frente a la candidez —o quizá vileza— de Rousseau y su compañía ilustrada, la constatación de que el hombre no es bueno por naturaleza, sino que nace herido por el pecado original. Me encantó una reflexión de Chesterton que decía algo así como que basta ver a un niño despellejar a un gato para no tener duda acerca de ello. Y frente al error —o quizá vileza— de los maniqueísmos varios o de los Lutero y compañía, la seguridad de que ese pecado no corrompió totalmente al hombre, sino que mediante la gracia recibida en el bautismo y los sacramentos, el alma puede ser realmente sanada y transformada.

Una vez usted conoce la verdadera religión, ¿cómo se esfuerza en perseverar?

Adorando al Santísimo, rezando, leyendo los Evangelios, tratando de vivir conforme a ellos, leyendo también textos de espiritualidad cristiana… San Pablo al final de sus días reconoció como su mayor triunfo haber perseverado en la fe. Sé que no es fácil y por eso procuro ir alimentando la llama. Otra imagen que me resultó muy útil es esta: es irremediable que en algún momento llegue un vendaval… Pues bien, ese mismo viento que apaga la llama, si es débil, la aviva cuando ya es una llama poderosa.

¿Cuáles son las mayores dificultades que tiene en el camino?

Una de las dificultades más persistentes en mi vida espiritual es la falta de orden. Me cuesta incorporar rutinas en mi día a día. Lo confieso. Y es algo que confieso con regularidad a mi director espiritual. Decía san Josemaría «¿Virtud sin orden? — ¡Rara virtud!». Y cuánta razón tenía. Estoy en proceso de incorporar el orden de la práctica religiosa en mi vida de horarios bastante caóticos. No es fácil.

¿Por qué los malos ejemplos no deben alejarnos de la fe?

Porque si así fuera, al día siguiente de convertirnos, deberíamos desconvertirnos. La Iglesia está formada por seres humanos, y ya sabemos lo que somos los seres humanos. Por eso el asidero firme, el vínculo fundamental, es Jesús. Jesús es la esencia del cristianismo y él es el único que no decepciona. Sólo a él debemos adorar. Los demás miembros de la Iglesia, desde el Papa al más recién llegado somos todos peregrinos todos necesitados de misericordia. Caemos, erramos, escandalizamos incluso. Pero la Cruz permanece. El canal de mi querido amigo y mentor, el padre Antonio Gómez Mir, se llama Stat Crux: la Cruz permanece firme. Esa es la clave. La Cruz no depende de nuestras virtudes ni se tambalea por nuestras miserias. El que escandalizado se aleja, olvida que fue precisamente para redimir nuestras caídas por lo que vino el Redentor.

¿Cómo la razón iluminada por la gracia puede llegar a un grado de comprensión mucho más profundo de la realidad?

La razón sin gracia ve el mundo, la razón con gracia ve la creación. Y eso cambia todo, porque la gracia no niega la razón: la transfigura. Benedicto XVI explicó que la fe no es un salto en el vacío, sino la razón ampliada, purificada, ensanchada. La razón humana, por sí sola, puede alcanzar ciertas verdades, como intuir el orden del mundo, su diseño inteligente, la existencia de un principio primero, el anhelo de justicia, la necesidad del bien… Pero sin la gracia, esos destellos permanecen fragmentarios, inconexos. La gracia actúa como una lámpara interior que permite ver la realidad con una profundidad nueva. Cuando vives en la vertical, buscando «lo de arriba», la vida cotidiana, los gestos simples, las realidades ordinarias cobran nueva luz

¿Por qué una vez que se conoce la verdad, es difícil volver al error?

Bien, en esto los clásicos tenían gran parte de razón. El error es ignorancia. Así que conocer la verdad y caer en el error sería una contradicción en sus términos. A ese «error» los católicos lo llamamos «pecado». Resulta muy revelador descubrir que la etimología de la palabra «pecado», en su raíz bíblica proviene del hebreo y tiene un sentido muy expresivo y concreto:atá’, que significa curiosamente «errar», «desviarse del camino», «no alcanzar el objetivo». Es un término tomado del mundo del tiro con arco, donde jatá implica que una flecha no da en el blanco,es decir,no alcanza el fin para el que fue disparada. Pecar significa no alcanzar aquello para lo cual uno fue creado. Por eso Jesús, al mismo tiempo que Verdad, es Camino y Vida. Si vas de su mano es imposible desviarte. Errar es dejarlo a un lado, soltarse de du mano, y eso no es fácil, además de una equivocación es una traición.

Sin embargo, hay que evitar la presunción y pedir con humildad no alejarse nunca del buen camino…

Eso lo pedimos cada mañana y cada noche con la oración que Jesús nos enseñó. «No nos dejes caer en la tentación». Y no se trata solo de la tentación de pecar, sino también de la tentación de creerse inmune. La humildad es el escudo del alma.

Por Javier Navascués

Publicación original Aquí


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