
La aristocracia es, según Aristóteles, una de las tres formas de gobierno, cuya deformación se llama oligarquía.
Pero aún sin ser institucionalmente gobierno, aristocracia y oligarquía son factores de poder o presión social, de mayor o menor influencia según las circunstancias. La nota distintiva de la Aristocracia (gobierno de los mejores) es su función de servicio desinteresado del Bien Común, su capacidad de dar sin exigir nada a cambio. Por el contrario, la característica esencial de la oligarquía es el predominio de su bien particular sobre el Bien Común, el servicio de los intereses de casta, de clase o de grupo por sobre el interés de la Comunidad Nacional.
Estos dos factores constitutivos esenciales, responden respectivamente, en el plano individual, a una virtud; la caridad, que se abre hacia los demás, y a un vicio, el egoísmo, que se hace a sí mismo centro y eje de todo y de todos.
Los elementos que integran la aristocracia son múltiples. No es el dinero solo, a menos que éste sea un medio al servicio del Bien Común, aunque generalmente el dinero es distintivo y fuerza principal de la oligarquía.
No es sólo el apellido. Éste puede servir si los méritos del antepasado son un acicate y exigencia de altura. Pero no hay nada más ridículo que cuando una ristra de apellidos sirven para hinchar como un pavo a un imbécil que duerme sobre los laureles (y los mangos) de un abuelo que tuvo la gloria de ganar una batalla y la habilidad de alambrar un campito. Vale pues, por lo general, aquello de Don Quijote de que el hombre “es no tanto por donde nace, sino por donde se hace”. No constituyen tampoco de sí la aristocracia, la cultura, ni el “magisterio de refinamiento y de costumbres” que, privados de una finalidad posterior se aniquilan en un inútil escepticismo burgués. La aristocracia pues, no es privilegio de una clase social (tampoco lo es la oligarquía), ni constituye a veces un grupo visible u homogéneo, como pasa, por ejemplo, en la Argentina, donde los “mejores” están dispersos, ocultos, cuidadosamente radiados de los diversos sectores, privados de poder (es decir “Aristos” sin “Cratos”), desalojados por oligarquías diversas que se turnan en el usufructo del Estado.
En la Argentina no existe, pues, una aristocracia auténtica, una verdadera “clase dirigente”. Pueden existir hombres que manden, que organicen, hombres de empresa, pero mientras sus capacidades no estén dirigidas por un sentido de servicio a la Comunidad y a la Patria, lo estarán inevitablemente, al del interés de la oligarquía ocupante y usurpadora del Estado. Aristócratas fueron los conquistadores, aunque algunos de ellos fueron porquerizos. Aristócratas fueron los caudillos criollos, aunque algunos de ellos no supieran leer. Y lo fueron porque dieron su vida y su sangre, sin provechos y sin necesidades personales.
Y recibieron en pago ingratitud, la tremenda ingratitud de esta Patria que está tan lejos de ser lo que ellos soñaron. Tuvimos una aristocracia. Pero ésta se terminó cuando los extranjeros, a los que corrimos con aceite hirviendo o con cañones viejos, volvieron tirando plata en vez de tiros y establecieron el coloniaje espiritual y económico, bajo la máscara de una falsa soberanía política.
Unos quisieron resistir, y fueron exterminados por los mercenarios, y su cabeza clavada en una pica. Otros fueron corrompidos por la bazofia cipaya de la tilinguería intelectual, servida por la escuela sarmientina y la prensa mitrista.
Y con la caída o degeneración de la aristocracia, tuvo nacimiento nuestra oligarquía “tradicional”: estúpida, canallesca, servil ante el extranjero y despectiva frente al criollo pisoteando y traicionando mil veces el legado recibido y la exigencia de una misión hacia el futuro. Ésta que hoy vemos morir sin pena ni gloria, lentamente, para dejar lugar a la nueva oligarquía industrial y financiera, de apellidos impronunciables, u ocultos tras las siglas de Sociedades Anónimas. Menos argentina, porque más advenediza y desarraigada, pero, por lo mismo menos responsable de la traición histórica, aunque –eso sí- gestora activa de la misma. Como el nacimiento de una nueva aristocracia, que hoy toma la forma de una minoría esclarecida y comprometida. Fiel al pasado, a la tradición, a la esencia de los valores espirituales y nacionales, pero no para demorarse en una contemplación estática, en una añoranza sentimental, sino para proyectarlos hacia el futuro en la dinámica creadora de la Patria Nueva. Que no será obtenida por esto (innombrable), que hoy padecemos, sino por lo que está por nacer, que venimos anunciando y exigiendo, por la que ya dieron su sangre nuestros mejores camaradas.
Esta es la misión de los argentinos de hoy. La formación y organización de esta Aristocracia Restauradora, afirmada no sobre los privilegios, el dinero o la casta, sino sobre la nota esencial que señalamos al principio: la actitud de servicio y sacrificio, del que es capaz de darlo todo sin pedir en cambio nada. Del que es capaz de proyectar desde ya su convicción intelectual en un sentido integral de vida poético y austero, religiosa y militar, testimonio exigible a los que tenemos la misión de conquistar, de una vez para siempre, la Patria Traicionada.
P. Alberto Ezcurra
(1937-1993)
GLADIUS 105
No hay comentarios.:
Publicar un comentario