
Discutimos sobre ideologías y en el calor de la discusión nos etiquetarnos pese a no conocernos lo suficiente, nuestras suposiciones son verdades reveladas y las etiquetas que utilizamos son por demás confusas, en distintos lugares pueden significar cosas opuestas.
Los nacionalismos en España son de izquierda y separatistas, pero en Irlanda son de derecha aunque también separatistas pero por motivos diferentes, y por estos lares también son de derecha pero no son separatistas ya que en general pugnan por la unidad de hispanoamérica; nuestros radicales eran "el medio pelo argentino", burgueses liberales con hijos intelectualoides inclinados a izquierda, y en europa son de extrema izquierda. Y ni hablar de los malos de la historia, nadie los quiere, a los soviéticos, nazis y fascistas se los tiran unos a otros con infantiles argumentos.
No conocemos cual es la "filosofía" que las nutre (exceptuando algunas un tanto reñidas con la lógica) y para ser honestos, solo nos preocupa cómo impactan en nuestro bolsillo. Vivimos la degradación de la política. Todo es confusión y cada uno entiende lo que quiere.
En Argentina es aún peor. Nuestros políticos no saben de filosofías y mucho menos de ideologías o peor, no les importan, y cuando dicen alinearse con alguna, inmediatamente la traicionan.
Alfonsín dividió al radicalismo enrolándose en la internacional socialista, Cámpora hizo lo mismo con el peronismo endiosando a la guerrilla cubana, los Kirchner impusieron un relato único cargado de odio y perversiones y dieron cátedra de populismo y corrupción, y ahora Milei, quien desde la más supina ignorancia, despotrica contra la Justicia Social tan antigua y sana como la civilización occidental misma y promueve una cultura judaica-cristiana que sólo existiría si falsificaramos las dos. A proposito, les recomiendo leer La trampa del judeocristianismo, y la guerra. Todo es confusión y cada uno entiende lo que quiere.
Y en esta maraña de proposiciones vividas eufóricamente como axiomas, nuestros partidos políticos pendulan de una lado a otro según lo indiquen los amos de turno y nuestros líderes mudan de discurso según el cheque que reciban.

Nunca tan evidente que las ideologías sólo sirven para enfrentar a la gente, hacerse del poder y gobernar en beneficio propio. El iluminismo intentó eliminar las despóticas monarquías, pero las reemplazó por corruptos sistemas democráticos donde reinan los delincuentes y los inmorales. De la redistribución de la riqueza sin dañar la propiedad privada en repúblicas con poderes públicos equilibrados que aseguren la libertad de los ciudadanos y gobernantes que respeten a Dios como fuente de toda razón y justicia , bien gracias, seguimos esperando.
Podemos despotricar contra la casta de inútiles políticos y/o contra el sistema corrupto poco y nada representativo, pero no cabe duda que nosotros somos los únicos culpables.
Les recuerdo que fuimos felices electores de una perversa cleptocracia que duró nada menos que 16 años. Si tuviéramos un poquito de sentido común y/o autocrítica, ellos deberían estar todos presos y nosotros pegandonos la cabeza contra la pared.
Los jóvenes se dejan arrastrar a la vacua e inútil praxis por impulsos adolescentes gobernados inteligentemente desde supuestos cuadros académicos y los más viejos somos expertos en discusiones de café; a ninguno le interesa aprender realmente y todos somos pusilánimes incapaces de "discutir de política en la mesa familiar". Así nos va.
"La imparcialidad es un nombre pomposo para la indiferencia,
que es un nombre elegante para la ignorancia."
G. K. Chesterton
Hace ya algunos años decíamos
Las ideologías son concepciones modernas e izquierda-derecha indican que son opuestas. Pero también son relativas, unas pueden estar más a la derecha o más a la izquierda respecto de otras. Incluso hasta pueden representar simples tendencias más hacia la izquierda dentro de una ideología de derecha y viceversa. Si, pareciera que se complica, pero no, verán que no es tan difícil.
e intentábamos establecer algunos parámetros para comenzar cualquier discusión seria, ver izquierdas-y-derechas y también derechas.
Hoy quiero compartirles un artículo que también intenta "aportar algo de claridad donde reinaba la confusión". Quizás ustedes, como nosotros, no coincidan en todo, pero sin lugar a dudas ayuda a pensar.
¡Qué Dios nos ayude a “pensar la patria”!
Los destacados son de esta edición.
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El
hombre de derecha, el hombre de izquierda y el idiota útil
Eduardo
Ordóñez
Jorge C.
Bohdziewicz
Hace
poco menos que 15 años, luego de una prolongada conversación sobre
temas de índole política y filosófica, como era nuestra amable
costumbre, se nos ocurrió con Eduardo Ordóñez, frente a la
confusión generalizada que advertíamos acerca del significado y
alcances de los términos del título, ensayar tres notas
explicativas con lenguaje sencillo. Su redacción no tenía
pretensiones científicas, sino el modesto propósito ya enunciado de
aportar algo de claridad donde reinaba la confusión. Reeditar estas
páginas, que habían aparecido en un boletín de reducidísima
difusión, nos parece pertinente, toda vez que el mal uso de esos
conceptos y el equívoco sobre la índole de la realidad a que se
refieren persisten lamentablemente arraigados. Por lo demás,
pensamos que al hacerlo rendimos un amistoso homenaje a Ordóñez,
hombre de bien, sólida doctrina, profundos saberes y muchísimas
lecturas, además de escritor de buena prosa.
I.
Definir
la derecha en pocas palabras es imposible; caracterizarla a grandes
rasgos es, en cambio, una empresa que vale la pena intentar si con
ella se contribuye a echar algo de luz en un ámbito de discusión
política oscurecido por la propaganda de signo izquierdista, donde
predominan los equívocos y los prejuicios.
En
cualquier caso y en primer lugar, es necesario aventar la creencia
infundada que asimila la “derecha” al poder económico cuando
éste ha sido y es, precisamente, como la historia lo demuestra (la
Revolución Rusa, por citar un solo ejemplo) el mejor aliado de las
izquierdas. O al liberalismo, cuyo plexo cultural es de indiscutible
signo izquierdista. También esa otra que liga su ideario al
inmovilismo social y aquella que confunde su reivindicación de la
autoridad con la pretensión de ejercer un autoritarismo al solo
objeto de conculcar las libertades. No se nos escapa que los párrafos
que dedicaremos a esa caracterización, escritos a pluma levantada,
serán insuficientes, lo mismo que lo es cualquier esfuerzo por
constreñir la colorida diversidad de la vida política en dos
categorías: izquierda y derecha. Los reduccionismos siempre son
peligrosos. Sobre todo si se convierten en moldes rígidos, aunque a
veces constituyen la única manera de aproximarse y hacer inteligible
una realidad que se presenta múltiple, compleja e inasible. Por
consiguiente, tentarlos se impone a veces como una necesidad, bien
que peligrosa pero indiscutiblemente atractiva. Y es bueno siempre y
cuando se sepa emprender en seguida el viaje de regreso, es decir, el
que va desde las generalizaciones al examen pormenorizado de los
fenómenos individuales y singulares.
La
derecha no dispone de una cartilla ideológica, un sistema cerrado de
creencias de factura racionalista que, como en el caso de las
izquierdas, sustituyen a la realidad y desembocan necesariamente en
el utopismo y otras fantasías. En todo caso, es una anti-ideología
que reclama como verdaderos ciertos principios básicos –no muchos–
elaborados desde antiguo a partir de los datos de la realidad y de la
experiencia histórica. Reclama ante todo la existencia de un “orden
natural”, inamovible, objetivo, exterior, anterior y superior al
individuo, al cual debe acomodarse la sociedad política sin
violentarlo si pretende desenvolverse en forma armónica y pacífica.
El
enunciado precedente merecería una amplísima aclaración que, por
supuesto, escapa a los modestos propósitos que nos hemos trazado
aquí. Digamos una sola cosa más para concluir con esta brevísima
introducción: aunque son muchos los hombres y mujeres que adhieren a
los postulados que caracterizan al pensamiento de derecha, ignorando
aún su pertenencia al mismo, son escasos –hablamos ya de la
Argentina contemporánea– los que comprenden cabalmente su
significado y sus alcances. Y menos todavía los que serían capaces
de intentar una empresa política a partir de sus principios. A esto
se suma, la demonización de la “derecha”, a la que se ha cargado
de connotaciones negativas e inapelables.
Por lo
pronto, el hombre de derecha, al asumir la trascendencia del concepto
de “orden” político y social, comprende y acepta el valor
positivo que para su conservación importa el respeto de las
jerarquías que se establecen por imperio y gradación de la virtud.
Por la misma razón, rechaza el igualitarismo demagógico y
democratista en tanto lo concibe como mera elucubración ideológica
que no se compadece con los datos de la realidad.
Siendo
que ama la libertad, no como un bien abstracto sino como una realidad
concreta y apetecible, advierte que esa libertad no consiste en
satisfacer los caprichos de la voluntad individual sino en hacer lo
que se debe para preservar la buena convivencia con el prójimo. En
consecuencia, también se da cuenta de que su conducta como ciudadano
no puede reglarse únicamente en función de sus “derechos” y con
olvido de sus múltiples “deberes”. Tiene clara conciencia de que
el hombre y, en última instancia, el individuo, no es ni el centro
del universo ni la medida de todas las cosas, sino apenas una
creatura de Dios. Conciencia a partir de la cual la percepción de la
realidad cobra un significando opuesto a la visión inmanentista,
pragmática y hedonista del pensamiento contemporáneo.
Frente a
las tentaciones utópicas del socialismo colectivista y frente a la
amoralidad del liberalismo económico extremo, el hombre de derecha
es partidario de una economía libre, reivindica la propiedad como un
derecho que garantiza su libertad y, al mismo tiempo, una justicia
distributiva que, a partir de un minimum que asegure al individuo una
calidad de vida digna, otorgue a cada uno lo que le corresponde según
sus necesidades y capacidades. Por lo mismo quiere un Estado lo
suficientemente fuerte como para no tener que ser violento, no
omnipresente pero sí vigilante, severo custodio del bien común y
decidido a la hora de poner límites a los excesos de la plutocracia.
El
hombre de derecha, que cree por convicciones religiosas y apego a
valores que considera fundamentales en la indisolubilidad del vínculo
matrimonial y en el valor sagrado de la vida en gestación, repudia
tanto el divorcio como el aborto provocado, al que califica sin
reservas como lo que es: un homicidio frente al cual no caben
indefiniciones ni atenuantes. A partir de la convicción profunda
acerca del valor esencial de la familia y la responsabilidad que
significa traer hijos al mundo, se siente insistituible en la tarea
de su formación espiritual. Porque cree en la existencia de un orden
moral objetivo, con normas inamovibles, imperativas y no sujetas a
ningún consenso social, rechaza la pornografía, la homosexualidad y
otras perversiones de la conducta que invaden el cuerpo social.
Condena con vehemencia a los partidarios y propagandistas del libre
consumo y comercialización de estupefacientes y, de consuno con
todos estos principios, aspira al establecimiento de leyes duras
contra el delito y hasta sería capaz de renunciar, en circunstancias
críticas como las que está atravesando hoy la nación, algo de su
libertad a cambio de una mayor seguridad.
No diría
que es probable sino seguro, que el hombre de derecha desea que su
Nación sea respetada y soberana en sus decisiones, sin que ello
implique aislacionismo de ninguna especie, pero en absoluto
subordinación a los intereses de ningún poder hegemónico. Por la
misma razón le interesa que sus Fuerzas Armadas estén, por su
poder, en condiciones de garantizar la integridad territorial de su
país, su independencia y su seguridad interior sólo cuando se halla
amenazada. Nada más alejado del pensamiento de derecha que los
internacionalismos, marxista o liberal; nada más entrañable para él
que el concepto de nacionalidad.
En esta
línea de pensamiento, sólidamente sentada en el “buen sentido”,
que es un rasgo de su temperamento que lo caracteriza y lo diferencia
de las izquierdas, el hombre de derecha es partidario del progreso
sin definirse “progresista” y, sin que ello implique
contradicción alguna, cree al mismo tiempo que hay bienes culturales
heredados que custodiar y valores que proteger (tradiciones) frente a
lo que parece una avalancha incontenible de modas y expresiones
disolventes manejadas por pequeños pero encumbrados grupos de
interés. Repudia el relativismo en tanto uno de los peores males
instalados en la sociedad moderna y desea una educación basada en
principios y valores absolutos que, sin cerrarse al universo, esté
orientada a apuntalar la identidad de la Nación. Es decir, querrá
una educación libre de intoxicaciones psicopedagógicas, que rehuya
el facilismo y se fundamente en la disciplina, el esfuerzo y el
ejercicio permanente del espíritu.
¿Y cómo
lograr todo esto? Cuando el hombre de derecha se lo pregunta, suele
mirar hacia el pasado histórico, que es el gran archivo de la
experiencia humana. Se convence entonces de que no hay un solo camino
de tránsito obligado y, con fundado escepticismo que no se confunde
con una pura negatividad, observa que el régimen partidocrático
pocas veces expresa los intereses y aspiraciones de la comunidad, y
que la certificación de haber sufragado (el sello periódico y
ritual del documento de identidad) no agota las formas de
participación política posibles.
Volvamos
a uno de los tópicos iniciales. Creo que son muchísimas las
personas que comparten este ideario sobre el cual jamás se ha
intentado una encuesta. Y por compartirlos, cualquiera sea el grado
de solvencia “teórica” con que lo hagan, son indiscutiblemente
hombres de derecha para quienes la izquierda se presenta a sus ojos
como el camino de la decadencia, del caos social y la disolución
moral. Es, por lo tanto, el enemigo a combatir.
II.
Si hay
algo difícil de describir y de comprender en la cultura moderna es
el concepto y la realidad que se esconden detrás de la palabra
“izquierda”. Porque, bien mirado, hoy casi todo es izquierda o
está teñido de ella. Es la impronta que inspira muchas de las
conductas del hombre medio y la mayoría de los discursos y actitudes
públicas de los dirigentes políticos. En este sentido conviene
dejar de lado, para evitar equívocos, a la izquierda activa y
visible, a la propiamente definida o autodefinida como tal y que
suele adoptar comportamientos más o menos contestatarios o más o
menos violentos. En cambio, en esta ocasión preferimos hacer
referencia a la “otra”, a una izquierda que se expande por todos
lados, disimulando y aun negando su condición de tal, pero que
empapa –mediante un complicado juego de tonos y semitonos
manipulados con habilidad por los medios de comunicación– a la
sociedad toda sin que ella siquiera lo sospeche. Y por lo tanto, sin
que reaccione. Inactividad que es, justamente, el efecto buscado.
Este
tipo de izquierda da lugar a un hombre consciente o inconscientemente
de izquierda, no tanto porque piense según su dogmática o sus
principios, sino porque actúa bajo su inspiración, reacciona movido
por sus emociones y formula juicios a tenor de sus categorías. De
esta manera –tangencial, indirecta, solapada e inadvertida– la
izquierda ha avanzado a lo largo y a lo ancho de la cultura argentina
y de un modo u otro domina tanto la inteligencia como el corazón de
la sociedad. A estas alturas el hombre del común piensa en términos
de izquierda, lo cual sella el futuro de la nación y de sus
individuos.
¿Qué
es, pues, la izquierda? O, mejor, ¿qué es y cómo es, desde la
perspectiva que dejamos indicada, el hombre de izquierda? Las
dificultades para aproximarse a esa realidad parecen insuperables,
sobre todo porque pocos se reconocerán como simpatizantes de la
izquierda –excepto los que asumen un compromiso expreso– e
incluso, pocos lo saben, de suerte que reaccionarán con asombro y
hasta con indignación si se les endilgara tal título. Preferirían
acogerse a la comodidad de esa zona gris que se denomina “centro”,
donde todo cabe, las exigencias son pocas y todo se concilia más o
menos tranquilizadoramente.
El
primer rasgo de un hombre como el que vemos moverse entre nosotros
–todos los días, a la hora de votar y a la de formar una familia o
disolverla, de escoger una diversión o de enfrentar un dolor– es
que cree poco y en pocas cosas. Es un “relativista” absoluto, lo
que le permite disponer de una indiferencia que le han hecho creer
que es libertad o sabiduría y que, en todo caso, constituye su
principal derecho que nadie le puede siquiera condicionar. Este
relativismo lo vuelve antes que nada en un egoísta y también en un
hedonista, un individuo cuya premisa básica e irrenunciable es el
goce y el derecho al goce.
Es que
junto a este relativismo radicalizado, que hace que el hombre de
izquierda acepte poquísimos valores, por ninguno de los cuales vale
la pena jugarse, se incorpora otro axioma que le es esencial para su
cosmovisión: el de la libertad. En rigor, son dos caras de la misma
moneda, dos expresiones de la misma filosofía, indispensable la una
para la otra. Es evidente que un desinterés tan tajante frente a los
valores y a las jerarquías conduce con naturalidad a lo que se llama
anomia, la ausencia o desprecio a las normas, lo que, al destruir el
cosmos, genera el caos social. Poco a poco, al tiempo que se pierde
el respeto por las leyes, por las costumbres y por las tradiciones
(que son normas), se diluyen las razones para la vida en común. Esta
es la idea que el izquierdista tiene de la libertad: vivir como se
quiera, sin reglas, sin más límites que los que surgen de la
voluntad (y de la fuerza) del prójimo al que, por lo tanto, se le
teme más que se lo respeta. Puesto que todo es igual o me da igual,
nada me es exigible ni imponible más allá de las decisiones de la
mayoría, que sí son últimas e irrecurribles y que no puedo ni debo
menos que acatar porque ellas constituyen la “verdad”, la verdad
de un período, de un día, de una hora y que, en consecuencia, es
derogable, cambiable, temporal y, en definitiva, prescindible. Aquí
reside la raíz de la libertad para el hombre de izquierda, en su
capacidad de elegir “su” verdad a la que puede renunciar en
cuanto se lo proponga, en cuanto cambien sus contenidos de conciencia
o las circunstancias exteriores. La libertad, en una cultura de
izquierda, no se puede compatibilizar con la verdad y, entonces, para
afirmar aquella prefiere renunciar a ésta. La verdad para él será,
pues, lo que su voluntad elija, lo que su conciencia prefiera o lo
que la mayoría imponga.
Otro
rasgo vinculado íntimamente con los anteriores es su progresismo,
esto es, su fe ciega en la marcha de la historia siempre y en forma
indefectible a favor del progreso de la humanidad, aunque no se sepa
el sentido de esa marcha ni las referencias por las que se debe medir
ese progreso. El hombre de izquierda no puede, entonces, sino
adherirse y aceptar el cambio por el cambio mismo y todo lo que sea
nuevo o distinto lo subyuga y lo incorpora sin ningún sentido
crítico. El hombre de izquierda –y esto es otro aspecto central de
su naturaleza- está condenado a empezar siempre de nuevo porque va
abandonando el pasado que, como tal, le repugna. No le importa lo que
deja atrás y, lejos de ser un heredero capaz de enriquecerse con la
transmisión de los bienes y valores recibidos de sus padres, es un
rupturista y un infractor. La historia de alguna manera comienza con
él, no obstante lo cual se ilusiona con el progreso necesario e
indefinido que se abre a partir de sí mismo. Fractura y continuidad,
dos polos que el progresista tampoco puede compatibilizar en la
teoría ni en la práctica. Esto lo hunde en uno de los trazos más
definitorios de su personalidad: el utopismo.
Tanto se
ha escrito sobre este punto que nada se puede agregar. La utopía no
es un ideal ni una ensoñación, es una ficción y un engaño, es una
pérfida deformación de la realidad tal como ella es, es su
adaptación a un preconcepto por absurdo que sea, es su sometimiento
y desarticulación a los poderes que están en condiciones de imponer
la anti-naturaleza: la negación de la familia, el amor entre padres
e hijos, el ejercicio de la propiedad, los lazos vitales con la
patria, la existencia de una moral objetiva que aprueba algunas cosas
y niega o prohíbe otras (el incesto, el aborto, la homosexualidad,
el robo, el homicidio, etc.). El utópico, por lo mismo que se ve
dueño de sí mismo y capaz de producir “su” verdad –a la que
puede derogar en cualquier momento– también puede crear una nueva
realidad a su medida y paladar y al precio que sea. El siglo XX ha
sido testigo y escenario de experiencias de este tipo que dieron
lugar a los peores totalitarismos y a las más horripilantes
prácticas de ingeniería social en cuyo transcurso el ser humano,
presunto señor de la historia, ha caído víctima y esto se cuenta
por millones.
Como
coordinado con todo lo anterior y formando un cuerpo orgánico de
principios, hallamos el dogma de la igualdad. La igualdad en boca del
izquierdista se deforma hasta volverse irreconocible. Es una igualdad
abstracta que, en tal carácter, violenta la noción de justicia y la
hace imposible. Es un espíritu torpe y perverso el que sostiene una
igualdad a rajatablas aunque sea en los papeles, pues en la práctica,
bien sabemos que no se da jamás y que, por el contrario, el
izquierdista es el primero en aprovechar cuanto privilegio, por
odioso que sea, esté a su alcance. ¿Quién no comprende que, como
decía Aristóteles, hay que dar a cada uno lo que le corresponde y
lo que le corresponde según sus méritos, no sólo según sus
necesidades? Un principio igualitario que niegue este punto de
partida se aliena a sí mismo y borra las naturales y convenientes
diferencias existentes entre los hombres, como una experiencia varias
veces milenaria lo comprueba y lo seguirá haciendo hasta el final de
los tiempos. Pero para entender el concepto de igualdad auténtico es
imprescindible distinguir el bien del mal en forma de poder reconocer
los méritos y atribuir los premios y sanciones a cada cual. En base
a un igualitarismo abstracto e indiscriminado esto es imposible y
esta es una dimensión que se le cierra a la inteligencia de
izquierda. Una igualdad que se empeña en contradecir a la naturaleza
y a negar las evidencia no sólo no consolida a la sociedad, sino que
contribuye a disolverla. Desde otro punto de vista, el principio
absoluto y abstracto de la igualdad, tal como lo propicia la
mentalidad izquierdista, le permite eludir el gran problema del
hombre, el único gran problema, cual es la distinción del bien del
mal, ya que si todo es lo mismo, no es lícito proclamar uno y
combatir el otro.
Lo mismo
cabe decir del valor de la fraternidad (o solidaridad) con que se
maneja la izquierda y que, deformada como se presenta, emboba a los
burgueses que por vía de esta abstracción consiguen satisfacer sus
conciencias sin mayor esfuerzo. Porque, efectivamente, nada más
fácil que esta fraternidad –que no exige entrega y que sustituye
al amor, del que viene a ser su parodia– para poder sentar plaza de
buen ciudadano, de luchador de los derechos humanos o de humanista.
Todo se diluye en una parafernalia de discursos y exclamaciones que
poco favorecen a los “hermanos” que muy rara vez ven resueltos
sus problemas concretos. Es cómodo, rentable y hasta conmovedor amar
a una abstracción lejana, la humanidad, antes que ocuparse
seriamente por las cuestiones que afectan a nuestro vecino de carne y
hueso, porque esto nos reclamaría algún sacrificio que resultará
siempre más oneroso que refugiarse en una declamación sin mayor
contenido ni sinceridad. Así surgen los pacifismos que nos aturden
desde hace años y la mayoría de los ecologismos que crean
artificialmente problemas que, en el fondo, procuran desplazar u
ocultar grandes problemas centrales del ser humano de hoy, de ayer y
de mañana. Estas cuestiones no se resuelven con protestas ni
manifestaciones por multitudinarias que sean. Sin duda que este tipo
de fraternidades y de solidaridades constituyen un escapismo que
permite postergar todos los problemas, enfocando sólo algunos y
olvidando los reales e impostergables.
Por otra
parte, la izquierda está en constante redefinición porque se
acomoda –lo cual no deja de ser legítimo– a los movimientos
sociales y políticos. Pero siempre se desenvuelve en función de una
cultura de fondo, que es una anti-cultura en cuanto arranca del
desprecio, la alteración o la postergación de la realidad y el
reconocimiento de un orden natural. Y no tiene sentido hablar de una
cultura que no se pronuncie ante la realidad. Pero no sólo esto.
Como quedó dicho, lo que llamamos cultura de izquierda es, también,
un anti-humanismo en cuanto sumerge al hombre en sus teoremas y lo
deja prisionero de su ideología: he aquí a un hombre sin humanidad
porque no es lo que es –una naturaleza racional– sino lo que se
pretende que sea: un ser destinado no al bien sino a la libertad y
actuando no según la razón sino según su sensualidad.
Finalmente
hay que afirmar a toda voz que la izquierda no se preocupa de los
pobres, ni de la justicia social, ni de las libertades, ni del
progreso cierto (como mejora y elevación), sino de las
manifestaciones racionalistas e ideologizadas de esos valores, lo que
es una deformación y una trampa. El izquierdista vive en el interior
de sus abstracciones y por eso es pernicioso.
Y aunque
parezca una contradicción, hay que destacar que el hombre de
izquierda, ganado como se encuentra por el relativismo radical, según
el cual y de acuerdo a las circunstancias, todo o nada vale, sabe,
llegado el caso, convertirse en un ser feroz, intransigente,
irreductible, cruel, “fundamentalista” y, básicamente,
hipócrita. Nos explicaremos en pocas palabras.
Aunque
no lo haya advertido o no se lo quiera confesar a sí mismo, el
hombre de izquierda tiene un fondo mesiánico, se ve como un redentor
que viene a poner orden en un mundo disparatado, víctima y
consecuencia del fanatismo, del oscurantismo, de la tradición, un
mundo hijo del pasado y, por lo tanto, cerrado al futuro, Porque para
él el futuro es la realidad, el ser humano está adelante y no en el
pasado, del que desconfía porque no lo puede dominar, excepto
tergiversándolo, y tampoco es el presente porque arrastra restos de
ese odioso pretérito que urge superar y que, además, tiene
realidades evidentes que no puede negar. Hay, entonces, que romper
con el pasado que es malo de por sí y destruir el presente que debe
ser modificado si queremos construir el porvenir, que es el ideal por
lo general cómodamente colocado fuera del tiempo, más allá de la
historia.
Es
evidente que, en esta tesitura, la izquierda supone la revolución.
El hombre de izquierda no es ocasionalmente un revolucionario,
tampoco lo es a su pesar; por el contrario, su revolucionarismo le
viene impuesto por su temperamento y por su ideología. Es su segunda
o su auténtica naturaleza. Todo tiene que cambiar porque en el
cambio reside su libertad (su sentido de la libertad), que le es
esencial. No tolera verse sujeto a una tradición ni a una costumbre
ni a una pauta que no haya sido generada por y desde su conciencia.
Pero como la naturaleza constantemente lo acecha y vuelve por sus
fueros, necesita también cambiar ésta, someterla como procura
hacerlo con la cultura. Al hacer del universo el reino de la libertad
(elección de fines, no de medios), ninguna regla le es soportable,
ningún estatuto le es imponible. Y allí donde encuentre y tropiece
con uno de esos inconvenientes –lo que desde siempre se llama Orden
Natural– lo negará, lo desplazará o, simplemente, lo hará
trizas. De aquí derivan los distintos grados de revolucionarismo,
más o menos acuciante, más o menos violento, más o menos abierto,
más o menos cruel, desde el jacobinismo francés hasta los
socialismos utópicos, desde el estalinismo asiático y el trotskismo
hasta los terrorismos latinoamericanos, desde la Revolución Cultural
de Mao hasta las burdas reformas universitarias (Córdoba 1918),
desde las sucesivas declaraciones de derechos humanos hasta las
reformas pedagógicas de un Piaget o de un Paulo Freire… La
izquierda, en efecto, todo lo renueva, sólo que al precio de la
destrucción de la riqueza acumulada durante siglos y de la
autoinmolación de instituciones tan naturales (en el sentido que son
requeridas por la índole humana) como las Fuerzas Armadas y, en
especial, las iglesias, que recogen el espontáneo fervor religioso
de las gentes.
Esta
convicción de su mesianismo y de la función revulsiva que le
corresponde en la historia –redimir al hombre aun a pesar de sí
mismo y contra su voluntad, liberándolo del pasado– lo autoriza y
legitima para utilizar los métodos que en cada paso le parezcan
apropiados por aberrantes que resulten. Es que la izquierda
revolucionaria o evolucionista cuenta con su propia moral, la maneja,
la crea y la modifica según sus necesidades dialécticas. Es decir,
no tiene ni puede tener ninguna ética, excepto la que le proporciona
la consecución de sus fines. Esto se encuentra en cualquier
catecismo revolucionario y fue, será practicado con la tranquila
conciencia de quien sólo se debe a su objetivo. Que está por encima
de cualquier otra consideración. Para el izquierdista no interesa el
hombre sino su ideología.
III.
Algunos
sinónimos se vienen a la mente cuando se menciona al idiota útil,
tales como hombre centrista o, el más moderno de ciudadano
políticamente correcto. Pero aunque no son propiamente lo mismo, sí
son aproximados y en este sentido nos sirven. Porque el idiota útil
tiene algo de todos. El primer rasgo es –hablamos de quien no tiene
una conciencia especialmente perversa ni comprometida– su
superficialidad: es indiferente a todos los valores que lo
trasciendan. Es, por lo tanto, egoísta y cobarde y, además, un poco
estúpido. En definitiva, por lo general no se da cuenta de lo que
hace, produce, provoca y permite con su acción o con su omisión. Y
si se da cuenta, no le interesa demasiado.
Su
principal preocupación es la convivencia, por forzada o sacrificada
que sea; la segunda es el acomodo a las circunstancias que le impone
el otro, también al precio que sea. Nada le puede importar
seriamente, ganado como está por su deseo, que suele convertirse
fácilmente en ideología, de no molestar al “compañero de ruta”
que, a sus ojos, marca el ritmo de la historia. A propósito, digamos
que el idiota útil es y se comporta como un relativista y un
historicista: la verdad, siempre variable, le viene de la época y el
marco en que vive. Por eso, asimismo, está atento al “signo de los
tiempos” y por eso está en aptitud de variar cuantas veces le sea
necesario. En la mayoría de los casos lo hace porque no tiene el
coraje de desafiar a “lo que triunfa” ni a los ganadores, pero,
fundamentalmente, para obtener algún beneficio concreto: un
carguito, una cátedra, una distinción, aunque sea un reportaje.
Hoy los
tiempos son de izquierda y por lo tanto el idiota útil está
dispuesto –para lo cual dispone de una intensa convicción
interior– a aceptar e, incluso, a asumir las propuestas de aquélla
aunque no siempre sus dogmas. Es curioso, pero el idiota útil
retrocede ante los principios de la izquierda si le son presentados
crudamente, pero se siente vacilar primero y fascinar después ante
sus consecuencias, a las que termina apoyando activamente y
legitimándolas. El ejemplo más patente y patético es el ejercicio
de la violencia marxista: la condena con energías –y puede que con
sinceridad, pero no trepida en rendirle culto al Che Guevara, su
promotor en el continente, y no advierte que su sola leyenda, en
especial en una sociedad mediática, puede realimentar esa violencia
tal como lo certifican los actos vandálicos producidos por diversas
organizaciones. Los ejemplos, claro, pueden multiplicarse con
facilidad en los campos de la educación, de la ciencia, del arte y,
en especial, de los medios de comunicación. Quienes malinterpreten
la represión, relativicen los crímenes de la subversión, se
solidaricen con los movimientos estudiantiles o grupos políticos que
cometen destrozos o los que ya no se escandalizan de la actividad
“institucional” de los homosexuales, todos ellos son idiotas
útiles y ciertamente harto peligrosos. Porque su actividad
–intencionada o no, coordinada o no– resulta esencial a la causa
que acompañan.
El
idiota útil termina siendo víctima del veneno que contribuye a
desparramar. Y es víctima en un doble sentido: absorbe la pócima
del error y, además suele ser de los primeros en ser perseguido por
los triunfadores que los usaron. Porque el idiota útil es sólo para
un momento dado y después no, es un estorbo y entonces ha de ser
eliminado. Kerensky puede pasar por el prototipo de esta especie, tan
peligrosa como la del revolucionario.
Porque
el idiota útil abre las puertas, desbroza el camino, convalida,
aquieta las conciencias, neutraliza al enemigo de su compañero de
viaje, descalifica al que se opone, es decir, crea el ambiente para
que la revolución no tenga necesidad de un golpe excesivamente
violento, siempre traumático y que puede despertar una resistencia
indeseable. En cambio, transformada en proceso –tal como lo quería
Gramsci, profeta de los idiotas útiles– la revolución se vuelve
digerible y hasta aceptable, sin que nadie (o muy pocos) lo
adviertan. Porque el idiota útil no entrega la ciudadela,
simplemente adormece a sus defensores. El idiota útil no se rinde
por necesidad sino por debilidad. No traiciona por perversidad sino
por ceguera.
AÑO 2019 | GLADIUS 106
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