De pluma ajena: El hombre de derecha, el hombre de izquierda y el idiota útil (03/2026)

 



Discutimos sobre ideologías y en el calor de la discusión nos etiquetarnos pese a no conocernos lo suficiente, nuestras suposiciones son verdades reveladas y las etiquetas que utilizamos son por demás confusas, en distintos lugares pueden significar cosas opuestas. 

Los nacionalismos en España son de izquierda y separatistas, pero en Irlanda son de derecha aunque también separatistas pero por motivos diferentes, y por estos lares también son de derecha pero no son separatistas ya que en general pugnan por la unidad de hispanoamérica; nuestros radicales eran "el medio pelo argentino", burgueses liberales con hijos intelectualoides inclinados a izquierda, y en europa son de extrema izquierda. Y ni hablar de los malos de la historia, nadie los quiere, a los soviéticos, nazis y fascistas se los tiran unos a otros con infantiles argumentos. 

No conocemos cual es la "filosofía" que las nutre (exceptuando algunas un tanto reñidas con la lógica) y para ser honestos, solo nos preocupa cómo impactan en nuestro bolsillo. Vivimos la degradación de la política. Todo es confusión y cada uno entiende lo que quiere.

En Argentina es aún peor. Nuestros políticos no saben de filosofías y mucho menos de  ideologías o peor, no les importan, y cuando dicen alinearse con alguna, inmediatamente la traicionan. 

Alfonsín dividió al radicalismo enrolándose en la internacional socialista, Cámpora hizo lo mismo con el peronismo endiosando a la guerrilla cubana, los Kirchner impusieron un relato único cargado de odio y perversiones y dieron cátedra de populismo y corrupción, y ahora Milei, quien desde la más supina ignorancia, despotrica contra la Justicia Social tan antigua y sana como la civilización occidental misma y promueve una cultura judaica-cristiana que sólo existiría si falsificaramos las dos. A proposito, les recomiendo leer La trampa del judeocristianismo, y la guerra. Todo es confusión y cada uno entiende lo que quiere.

Y en esta maraña de proposiciones vividas eufóricamente como axiomas, nuestros partidos políticos pendulan de una lado a otro según lo indiquen los amos de turno y nuestros líderes mudan de discurso según el cheque que reciban.



Nunca tan evidente que las ideologías sólo sirven para enfrentar a la gente, hacerse del poder y gobernar en beneficio propio. El iluminismo intentó eliminar las despóticas monarquías, pero las reemplazó por corruptos sistemas democráticos donde reinan los delincuentes y los inmorales. De la redistribución de la riqueza sin dañar la propiedad privada en repúblicas con poderes públicos equilibrados que aseguren la libertad de los ciudadanos y gobernantes que respeten a Dios como fuente de toda razón y justicia , bien gracias, seguimos esperando.

  


Podemos despotricar contra la casta de inútiles políticos y/o contra el sistema corrupto poco y nada representativo, pero no cabe duda que nosotros somos los únicos culpables. 

Les recuerdo que fuimos felices electores de una perversa cleptocracia que duró nada menos que 16 años. Si tuviéramos un poquito de sentido común y/o autocrítica, ellos deberían estar todos presos y nosotros pegandonos la cabeza contra la pared.

Los jóvenes se dejan arrastrar a la vacua e inútil praxis por impulsos adolescentes gobernados inteligentemente desde supuestos cuadros académicos y los más viejos somos expertos en discusiones de café; a ninguno le interesa aprender realmente y todos somos pusilánimes incapaces de "discutir de política en la mesa familiar". Así nos va. 

"La imparcialidad es un nombre pomposo para la indiferencia,
que es un nombre elegante para la ignorancia."
G. K. Chesterton

Hace ya algunos años decíamos
 
Las ideologías son concepciones modernas e izquierda-derecha indican que son opuestas. Pero también son relativas, unas pueden estar más a la derecha o más a la izquierda respecto de otras. Incluso hasta pueden representar simples tendencias más hacia la izquierda dentro de una ideología de derecha y viceversa. Si, pareciera que se complica, pero no, verán que no es tan difícil.

e intentábamos establecer algunos parámetros para comenzar cualquier discusión seria, ver   izquierdas-y-derechas y también derechas.

Hoy quiero compartirles un artículo que también intenta "aportar algo de claridad donde reinaba la confusión". Quizás ustedes, como nosotros, no coincidan en todo, pero sin lugar a dudas ayuda a pensar. 


¡Qué Dios nos ayude a “pensar la patria”!

 


Los destacados son de esta edición.

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El hombre de derecha, el hombre de izquierda y el idiota útil

Eduardo Ordóñez
Jorge C. Bohdziewicz

Hace poco menos que 15 años, luego de una prolongada conversación sobre temas de índole política y filosófica, como era nuestra amable costumbre, se nos ocurrió con Eduardo Ordóñez, frente a la confusión generalizada que advertíamos acerca del significado y alcances de los términos del título, ensayar tres notas explicativas con lenguaje sencillo. Su redacción no tenía pretensiones científicas, sino el modesto propósito ya enunciado de aportar algo de claridad donde reinaba la confusión. Reeditar estas páginas, que habían aparecido en un boletín de reducidísima difusión, nos parece pertinente, toda vez que el mal uso de esos conceptos y el equívoco sobre la índole de la realidad a que se refieren persisten lamentablemente arraigados. Por lo demás, pensamos que al hacerlo rendimos un amistoso homenaje a Ordóñez, hombre de bien, sólida doctrina, profundos saberes y muchísimas lecturas, además de escritor de buena prosa.

I.

Definir la derecha en pocas palabras es imposible; caracterizarla a grandes rasgos es, en cambio, una empresa que vale la pena intentar si con ella se contribuye a echar algo de luz en un ámbito de discusión política oscurecido por la propaganda de signo izquierdista, donde predominan los equívocos y los prejuicios.

En cualquier caso y en primer lugar, es necesario aventar la creencia infundada que asimila la “derecha” al poder económico cuando éste ha sido y es, precisamente, como la historia lo demuestra (la Revolución Rusa, por citar un solo ejemplo) el mejor aliado de las izquierdas. O al liberalismo, cuyo plexo cultural es de indiscutible signo izquierdista. También esa otra que liga su ideario al inmovilismo social y aquella que confunde su reivindicación de la autoridad con la pretensión de ejercer un autoritarismo al solo objeto de conculcar las libertades. No se nos escapa que los párrafos que dedicaremos a esa caracterización, escritos a pluma levantada, serán insuficientes, lo mismo que lo es cualquier esfuerzo por constreñir la colorida diversidad de la vida política en dos categorías: izquierda y derecha. Los reduccionismos siempre son peligrosos. Sobre todo si se convierten en moldes rígidos, aunque a veces constituyen la única manera de aproximarse y hacer inteligible una realidad que se presenta múltiple, compleja e inasible. Por consiguiente, tentarlos se impone a veces como una necesidad, bien que peligrosa pero indiscutiblemente atractiva. Y es bueno siempre y cuando se sepa emprender en seguida el viaje de regreso, es decir, el que va desde las generalizaciones al examen pormenorizado de los fenómenos individuales y singulares.

La derecha no dispone de una cartilla ideológica, un sistema cerrado de creencias de factura racionalista que, como en el caso de las izquierdas, sustituyen a la realidad y desembocan necesariamente en el utopismo y otras fantasías. En todo caso, es una anti-ideología que reclama como verdaderos ciertos principios básicos –no muchos– elaborados desde antiguo a partir de los datos de la realidad y de la experiencia histórica. Reclama ante todo la existencia de un “orden natural”, inamovible, objetivo, exterior, anterior y superior al individuo, al cual debe acomodarse la sociedad política sin violentarlo si pretende desenvolverse en forma armónica y pacífica.

El enunciado precedente merecería una amplísima aclaración que, por supuesto, escapa a los modestos propósitos que nos hemos trazado aquí. Digamos una sola cosa más para concluir con esta brevísima introducción: aunque son muchos los hombres y mujeres que adhieren a los postulados que caracterizan al pensamiento de derecha, ignorando aún su pertenencia al mismo, son escasos –hablamos ya de la Argentina contemporánea– los que comprenden cabalmente su significado y sus alcances. Y menos todavía los que serían capaces de intentar una empresa política a partir de sus principios. A esto se suma, la demonización de la “derecha”, a la que se ha cargado de connotaciones negativas e inapelables.

Por lo pronto, el hombre de derecha, al asumir la trascendencia del concepto de “orden” político y social, comprende y acepta el valor positivo que para su conservación importa el respeto de las jerarquías que se establecen por imperio y gradación de la virtud. Por la misma razón, rechaza el igualitarismo demagógico y democratista en tanto lo concibe como mera elucubración ideológica que no se compadece con los datos de la realidad.

Siendo que ama la libertad, no como un bien abstracto sino como una realidad concreta y apetecible, advierte que esa libertad no consiste en satisfacer los caprichos de la voluntad individual sino en hacer lo que se debe para preservar la buena convivencia con el prójimo. En consecuencia, también se da cuenta de que su conducta como ciudadano no puede reglarse únicamente en función de sus “derechos” y con olvido de sus múltiples “deberes”. Tiene clara conciencia de que el hombre y, en última instancia, el individuo, no es ni el centro del universo ni la medida de todas las cosas, sino apenas una creatura de Dios. Conciencia a partir de la cual la percepción de la realidad cobra un significando opuesto a la visión inmanentista, pragmática y hedonista del pensamiento contemporáneo.

Frente a las tentaciones utópicas del socialismo colectivista y frente a la amoralidad del liberalismo económico extremo, el hombre de derecha es partidario de una economía libre, reivindica la propiedad como un derecho que garantiza su libertad y, al mismo tiempo, una justicia distributiva que, a partir de un minimum que asegure al individuo una calidad de vida digna, otorgue a cada uno lo que le corresponde según sus necesidades y capacidades. Por lo mismo quiere un Estado lo suficientemente fuerte como para no tener que ser violento, no omnipresente pero sí vigilante, severo custodio del bien común y decidido a la hora de poner límites a los excesos de la plutocracia.

El hombre de derecha, que cree por convicciones religiosas y apego a valores que considera fundamentales en la indisolubilidad del vínculo matrimonial y en el valor sagrado de la vida en gestación, repudia tanto el divorcio como el aborto provocado, al que califica sin reservas como lo que es: un homicidio frente al cual no caben indefiniciones ni atenuantes. A partir de la convicción profunda acerca del valor esencial de la familia y la responsabilidad que significa traer hijos al mundo, se siente insistituible en la tarea de su formación espiritual. Porque cree en la existencia de un orden moral objetivo, con normas inamovibles, imperativas y no sujetas a ningún consenso social, rechaza la pornografía, la homosexualidad y otras perversiones de la conducta que invaden el cuerpo social. Condena con vehemencia a los partidarios y propagandistas del libre consumo y comercialización de estupefacientes y, de consuno con todos estos principios, aspira al establecimiento de leyes duras contra el delito y hasta sería capaz de renunciar, en circunstancias críticas como las que está atravesando hoy la nación, algo de su libertad a cambio de una mayor seguridad.

No diría que es probable sino seguro, que el hombre de derecha desea que su Nación sea respetada y soberana en sus decisiones, sin que ello implique aislacionismo de ninguna especie, pero en absoluto subordinación a los intereses de ningún poder hegemónico. Por la misma razón le interesa que sus Fuerzas Armadas estén, por su poder, en condiciones de garantizar la integridad territorial de su país, su independencia y su seguridad interior sólo cuando se halla amenazada. Nada más alejado del pensamiento de derecha que los internacionalismos, marxista o liberal; nada más entrañable para él que el concepto de nacionalidad.

En esta línea de pensamiento, sólidamente sentada en el “buen sentido”, que es un rasgo de su temperamento que lo caracteriza y lo diferencia de las izquierdas, el hombre de derecha es partidario del progreso sin definirse “progresista” y, sin que ello implique contradicción alguna, cree al mismo tiempo que hay bienes culturales heredados que custodiar y valores que proteger (tradiciones) frente a lo que parece una avalancha incontenible de modas y expresiones disolventes manejadas por pequeños pero encumbrados grupos de interés. Repudia el relativismo en tanto uno de los peores males instalados en la sociedad moderna y desea una educación basada en principios y valores absolutos que, sin cerrarse al universo, esté orientada a apuntalar la identidad de la Nación. Es decir, querrá una educación libre de intoxicaciones psicopedagógicas, que rehuya el facilismo y se fundamente en la disciplina, el esfuerzo y el ejercicio permanente del espíritu.

¿Y cómo lograr todo esto? Cuando el hombre de derecha se lo pregunta, suele mirar hacia el pasado histórico, que es el gran archivo de la experiencia humana. Se convence entonces de que no hay un solo camino de tránsito obligado y, con fundado escepticismo que no se confunde con una pura negatividad, observa que el régimen partidocrático pocas veces expresa los intereses y aspiraciones de la comunidad, y que la certificación de haber sufragado (el sello periódico y ritual del documento de identidad) no agota las formas de participación política posibles.

Volvamos a uno de los tópicos iniciales. Creo que son muchísimas las personas que comparten este ideario sobre el cual jamás se ha intentado una encuesta. Y por compartirlos, cualquiera sea el grado de solvencia “teórica” con que lo hagan, son indiscutiblemente hombres de derecha para quienes la izquierda se presenta a sus ojos como el camino de la decadencia, del caos social y la disolución moral. Es, por lo tanto, el enemigo a combatir.

II.

Si hay algo difícil de describir y de comprender en la cultura moderna es el concepto y la realidad que se esconden detrás de la palabra “izquierda”. Porque, bien mirado, hoy casi todo es izquierda o está teñido de ella. Es la impronta que inspira muchas de las conductas del hombre medio y la mayoría de los discursos y actitudes públicas de los dirigentes políticos. En este sentido conviene dejar de lado, para evitar equívocos, a la izquierda activa y visible, a la propiamente definida o autodefinida como tal y que suele adoptar comportamientos más o menos contestatarios o más o menos violentos. En cambio, en esta ocasión preferimos hacer referencia a la “otra”, a una izquierda que se expande por todos lados, disimulando y aun negando su condición de tal, pero que empapa –mediante un complicado juego de tonos y semitonos manipulados con habilidad por los medios de comunicación– a la sociedad toda sin que ella siquiera lo sospeche. Y por lo tanto, sin que reaccione. Inactividad que es, justamente, el efecto buscado.

Este tipo de izquierda da lugar a un hombre consciente o inconscientemente de izquierda, no tanto porque piense según su dogmática o sus principios, sino porque actúa bajo su inspiración, reacciona movido por sus emociones y formula juicios a tenor de sus categorías. De esta manera –tangencial, indirecta, solapada e inadvertida– la izquierda ha avanzado a lo largo y a lo ancho de la cultura argentina y de un modo u otro domina tanto la inteligencia como el corazón de la sociedad. A estas alturas el hombre del común piensa en términos de izquierda, lo cual sella el futuro de la nación y de sus individuos.

¿Qué es, pues, la izquierda? O, mejor, ¿qué es y cómo es, desde la perspectiva que dejamos indicada, el hombre de izquierda? Las dificultades para aproximarse a esa realidad parecen insuperables, sobre todo porque pocos se reconocerán como simpatizantes de la izquierda –excepto los que asumen un compromiso expreso– e incluso, pocos lo saben, de suerte que reaccionarán con asombro y hasta con indignación si se les endilgara tal título. Preferirían acogerse a la comodidad de esa zona gris que se denomina “centro”, donde todo cabe, las exigencias son pocas y todo se concilia más o menos tranquilizadoramente.

El primer rasgo de un hombre como el que vemos moverse entre nosotros –todos los días, a la hora de votar y a la de formar una familia o disolverla, de escoger una diversión o de enfrentar un dolor– es que cree poco y en pocas cosas. Es un “relativista” absoluto, lo que le permite disponer de una indiferencia que le han hecho creer que es libertad o sabiduría y que, en todo caso, constituye su principal derecho que nadie le puede siquiera condicionar. Este relativismo lo vuelve antes que nada en un egoísta y también en un hedonista, un individuo cuya premisa básica e irrenunciable es el goce y el derecho al goce.

Es que junto a este relativismo radicalizado, que hace que el hombre de izquierda acepte poquísimos valores, por ninguno de los cuales vale la pena jugarse, se incorpora otro axioma que le es esencial para su cosmovisión: el de la libertad. En rigor, son dos caras de la misma moneda, dos expresiones de la misma filosofía, indispensable la una para la otra. Es evidente que un desinterés tan tajante frente a los valores y a las jerarquías conduce con naturalidad a lo que se llama anomia, la ausencia o desprecio a las normas, lo que, al destruir el cosmos, genera el caos social. Poco a poco, al tiempo que se pierde el respeto por las leyes, por las costumbres y por las tradiciones (que son normas), se diluyen las razones para la vida en común. Esta es la idea que el izquierdista tiene de la libertad: vivir como se quiera, sin reglas, sin más límites que los que surgen de la voluntad (y de la fuerza) del prójimo al que, por lo tanto, se le teme más que se lo respeta. Puesto que todo es igual o me da igual, nada me es exigible ni imponible más allá de las decisiones de la mayoría, que sí son últimas e irrecurribles y que no puedo ni debo menos que acatar porque ellas constituyen la “verdad”, la verdad de un período, de un día, de una hora y que, en consecuencia, es derogable, cambiable, temporal y, en definitiva, prescindible. Aquí reside la raíz de la libertad para el hombre de izquierda, en su capacidad de elegir “su” verdad a la que puede renunciar en cuanto se lo proponga, en cuanto cambien sus contenidos de conciencia o las circunstancias exteriores. La libertad, en una cultura de izquierda, no se puede compatibilizar con la verdad y, entonces, para afirmar aquella prefiere renunciar a ésta. La verdad para él será, pues, lo que su voluntad elija, lo que su conciencia prefiera o lo que la mayoría imponga.

Otro rasgo vinculado íntimamente con los anteriores es su progresismo, esto es, su fe ciega en la marcha de la historia siempre y en forma indefectible a favor del progreso de la humanidad, aunque no se sepa el sentido de esa marcha ni las referencias por las que se debe medir ese progreso. El hombre de izquierda no puede, entonces, sino adherirse y aceptar el cambio por el cambio mismo y todo lo que sea nuevo o distinto lo subyuga y lo incorpora sin ningún sentido crítico. El hombre de izquierda –y esto es otro aspecto central de su naturaleza- está condenado a empezar siempre de nuevo porque va abandonando el pasado que, como tal, le repugna. No le importa lo que deja atrás y, lejos de ser un heredero capaz de enriquecerse con la transmisión de los bienes y valores recibidos de sus padres, es un rupturista y un infractor. La historia de alguna manera comienza con él, no obstante lo cual se ilusiona con el progreso necesario e indefinido que se abre a partir de sí mismo. Fractura y continuidad, dos polos que el progresista tampoco puede compatibilizar en la teoría ni en la práctica. Esto lo hunde en uno de los trazos más definitorios de su personalidad: el utopismo.

Tanto se ha escrito sobre este punto que nada se puede agregar. La utopía no es un ideal ni una ensoñación, es una ficción y un engaño, es una pérfida deformación de la realidad tal como ella es, es su adaptación a un preconcepto por absurdo que sea, es su sometimiento y desarticulación a los poderes que están en condiciones de imponer la anti-naturaleza: la negación de la familia, el amor entre padres e hijos, el ejercicio de la propiedad, los lazos vitales con la patria, la existencia de una moral objetiva que aprueba algunas cosas y niega o prohíbe otras (el incesto, el aborto, la homosexualidad, el robo, el homicidio, etc.). El utópico, por lo mismo que se ve dueño de sí mismo y capaz de producir “su” verdad –a la que puede derogar en cualquier momento– también puede crear una nueva realidad a su medida y paladar y al precio que sea. El siglo XX ha sido testigo y escenario de experiencias de este tipo que dieron lugar a los peores totalitarismos y a las más horripilantes prácticas de ingeniería social en cuyo transcurso el ser humano, presunto señor de la historia, ha caído víctima y esto se cuenta por millones.

Como coordinado con todo lo anterior y formando un cuerpo orgánico de principios, hallamos el dogma de la igualdad. La igualdad en boca del izquierdista se deforma hasta volverse irreconocible. Es una igualdad abstracta que, en tal carácter, violenta la noción de justicia y la hace imposible. Es un espíritu torpe y perverso el que sostiene una igualdad a rajatablas aunque sea en los papeles, pues en la práctica, bien sabemos que no se da jamás y que, por el contrario, el izquierdista es el primero en aprovechar cuanto privilegio, por odioso que sea, esté a su alcance. ¿Quién no comprende que, como decía Aristóteles, hay que dar a cada uno lo que le corresponde y lo que le corresponde según sus méritos, no sólo según sus necesidades? Un principio igualitario que niegue este punto de partida se aliena a sí mismo y borra las naturales y convenientes diferencias existentes entre los hombres, como una experiencia varias veces milenaria lo comprueba y lo seguirá haciendo hasta el final de los tiempos. Pero para entender el concepto de igualdad auténtico es imprescindible distinguir el bien del mal en forma de poder reconocer los méritos y atribuir los premios y sanciones a cada cual. En base a un igualitarismo abstracto e indiscriminado esto es imposible y esta es una dimensión que se le cierra a la inteligencia de izquierda. Una igualdad que se empeña en contradecir a la naturaleza y a negar las evidencia no sólo no consolida a la sociedad, sino que contribuye a disolverla. Desde otro punto de vista, el principio absoluto y abstracto de la igualdad, tal como lo propicia la mentalidad izquierdista, le permite eludir el gran problema del hombre, el único gran problema, cual es la distinción del bien del mal, ya que si todo es lo mismo, no es lícito proclamar uno y combatir el otro.

Lo mismo cabe decir del valor de la fraternidad (o solidaridad) con que se maneja la izquierda y que, deformada como se presenta, emboba a los burgueses que por vía de esta abstracción consiguen satisfacer sus conciencias sin mayor esfuerzo. Porque, efectivamente, nada más fácil que esta fraternidad –que no exige entrega y que sustituye al amor, del que viene a ser su parodia– para poder sentar plaza de buen ciudadano, de luchador de los derechos humanos o de humanista. Todo se diluye en una parafernalia de discursos y exclamaciones que poco favorecen a los “hermanos” que muy rara vez ven resueltos sus problemas concretos. Es cómodo, rentable y hasta conmovedor amar a una abstracción lejana, la humanidad, antes que ocuparse seriamente por las cuestiones que afectan a nuestro vecino de carne y hueso, porque esto nos reclamaría algún sacrificio que resultará siempre más oneroso que refugiarse en una declamación sin mayor contenido ni sinceridad. Así surgen los pacifismos que nos aturden desde hace años y la mayoría de los ecologismos que crean artificialmente problemas que, en el fondo, procuran desplazar u ocultar grandes problemas centrales del ser humano de hoy, de ayer y de mañana. Estas cuestiones no se resuelven con protestas ni manifestaciones por multitudinarias que sean. Sin duda que este tipo de fraternidades y de solidaridades constituyen un escapismo que permite postergar todos los problemas, enfocando sólo algunos y olvidando los reales e impostergables.

Por otra parte, la izquierda está en constante redefinición porque se acomoda –lo cual no deja de ser legítimo– a los movimientos sociales y políticos. Pero siempre se desenvuelve en función de una cultura de fondo, que es una anti-cultura en cuanto arranca del desprecio, la alteración o la postergación de la realidad y el reconocimiento de un orden natural. Y no tiene sentido hablar de una cultura que no se pronuncie ante la realidad. Pero no sólo esto. Como quedó dicho, lo que llamamos cultura de izquierda es, también, un anti-humanismo en cuanto sumerge al hombre en sus teoremas y lo deja prisionero de su ideología: he aquí a un hombre sin humanidad porque no es lo que es –una naturaleza racional– sino lo que se pretende que sea: un ser destinado no al bien sino a la libertad y actuando no según la razón sino según su sensualidad.

Finalmente hay que afirmar a toda voz que la izquierda no se preocupa de los pobres, ni de la justicia social, ni de las libertades, ni del progreso cierto (como mejora y elevación), sino de las manifestaciones racionalistas e ideologizadas de esos valores, lo que es una deformación y una trampa. El izquierdista vive en el interior de sus abstracciones y por eso es pernicioso.

Y aunque parezca una contradicción, hay que destacar que el hombre de izquierda, ganado como se encuentra por el relativismo radical, según el cual y de acuerdo a las circunstancias, todo o nada vale, sabe, llegado el caso, convertirse en un ser feroz, intransigente, irreductible, cruel, “fundamentalista” y, básicamente, hipócrita. Nos explicaremos en pocas palabras.

Aunque no lo haya advertido o no se lo quiera confesar a sí mismo, el hombre de izquierda tiene un fondo mesiánico, se ve como un redentor que viene a poner orden en un mundo disparatado, víctima y consecuencia del fanatismo, del oscurantismo, de la tradición, un mundo hijo del pasado y, por lo tanto, cerrado al futuro, Porque para él el futuro es la realidad, el ser humano está adelante y no en el pasado, del que desconfía porque no lo puede dominar, excepto tergiversándolo, y tampoco es el presente porque arrastra restos de ese odioso pretérito que urge superar y que, además, tiene realidades evidentes que no puede negar. Hay, entonces, que romper con el pasado que es malo de por sí y destruir el presente que debe ser modificado si queremos construir el porvenir, que es el ideal por lo general cómodamente colocado fuera del tiempo, más allá de la historia.

Es evidente que, en esta tesitura, la izquierda supone la revolución. El hombre de izquierda no es ocasionalmente un revolucionario, tampoco lo es a su pesar; por el contrario, su revolucionarismo le viene impuesto por su temperamento y por su ideología. Es su segunda o su auténtica naturaleza. Todo tiene que cambiar porque en el cambio reside su libertad (su sentido de la libertad), que le es esencial. No tolera verse sujeto a una tradición ni a una costumbre ni a una pauta que no haya sido generada por y desde su conciencia. Pero como la naturaleza constantemente lo acecha y vuelve por sus fueros, necesita también cambiar ésta, someterla como procura hacerlo con la cultura. Al hacer del universo el reino de la libertad (elección de fines, no de medios), ninguna regla le es soportable, ningún estatuto le es imponible. Y allí donde encuentre y tropiece con uno de esos inconvenientes –lo que desde siempre se llama Orden Natural– lo negará, lo desplazará o, simplemente, lo hará trizas. De aquí derivan los distintos grados de revolucionarismo, más o menos acuciante, más o menos violento, más o menos abierto, más o menos cruel, desde el jacobinismo francés hasta los socialismos utópicos, desde el estalinismo asiático y el trotskismo hasta los terrorismos latinoamericanos, desde la Revolución Cultural de Mao hasta las burdas reformas universitarias (Córdoba 1918), desde las sucesivas declaraciones de derechos humanos hasta las reformas pedagógicas de un Piaget o de un Paulo Freire… La izquierda, en efecto, todo lo renueva, sólo que al precio de la destrucción de la riqueza acumulada durante siglos y de la autoinmolación de instituciones tan naturales (en el sentido que son requeridas por la índole humana) como las Fuerzas Armadas y, en especial, las iglesias, que recogen el espontáneo fervor religioso de las gentes.

Esta convicción de su mesianismo y de la función revulsiva que le corresponde en la historia –redimir al hombre aun a pesar de sí mismo y contra su voluntad, liberándolo del pasado– lo autoriza y legitima para utilizar los métodos que en cada paso le parezcan apropiados por aberrantes que resulten. Es que la izquierda revolucionaria o evolucionista cuenta con su propia moral, la maneja, la crea y la modifica según sus necesidades dialécticas. Es decir, no tiene ni puede tener ninguna ética, excepto la que le proporciona la consecución de sus fines. Esto se encuentra en cualquier catecismo revolucionario y fue, será practicado con la tranquila conciencia de quien sólo se debe a su objetivo. Que está por encima de cualquier otra consideración. Para el izquierdista no interesa el hombre sino su ideología.

III.

Algunos sinónimos se vienen a la mente cuando se menciona al idiota útil, tales como hombre centrista o, el más moderno de ciudadano políticamente correcto. Pero aunque no son propiamente lo mismo, sí son aproximados y en este sentido nos sirven. Porque el idiota útil tiene algo de todos. El primer rasgo es –hablamos de quien no tiene una conciencia especialmente perversa ni comprometida– su superficialidad: es indiferente a todos los valores que lo trasciendan. Es, por lo tanto, egoísta y cobarde y, además, un poco estúpido. En definitiva, por lo general no se da cuenta de lo que hace, produce, provoca y permite con su acción o con su omisión. Y si se da cuenta, no le interesa demasiado.

Su principal preocupación es la convivencia, por forzada o sacrificada que sea; la segunda es el acomodo a las circunstancias que le impone el otro, también al precio que sea. Nada le puede importar seriamente, ganado como está por su deseo, que suele convertirse fácilmente en ideología, de no molestar al “compañero de ruta” que, a sus ojos, marca el ritmo de la historia. A propósito, digamos que el idiota útil es y se comporta como un relativista y un historicista: la verdad, siempre variable, le viene de la época y el marco en que vive. Por eso, asimismo, está atento al “signo de los tiempos” y por eso está en aptitud de variar cuantas veces le sea necesario. En la mayoría de los casos lo hace porque no tiene el coraje de desafiar a “lo que triunfa” ni a los ganadores, pero, fundamentalmente, para obtener algún beneficio concreto: un carguito, una cátedra, una distinción, aunque sea un reportaje.

Hoy los tiempos son de izquierda y por lo tanto el idiota útil está dispuesto –para lo cual dispone de una intensa convicción interior– a aceptar e, incluso, a asumir las propuestas de aquélla aunque no siempre sus dogmas. Es curioso, pero el idiota útil retrocede ante los principios de la izquierda si le son presentados crudamente, pero se siente vacilar primero y fascinar después ante sus consecuencias, a las que termina apoyando activamente y legitimándolas. El ejemplo más patente y patético es el ejercicio de la violencia marxista: la condena con energías –y puede que con sinceridad, pero no trepida en rendirle culto al Che Guevara, su promotor en el continente, y no advierte que su sola leyenda, en especial en una sociedad mediática, puede realimentar esa violencia tal como lo certifican los actos vandálicos producidos por diversas organizaciones. Los ejemplos, claro, pueden multiplicarse con facilidad en los campos de la educación, de la ciencia, del arte y, en especial, de los medios de comunicación. Quienes malinterpreten la represión, relativicen los crímenes de la subversión, se solidaricen con los movimientos estudiantiles o grupos políticos que cometen destrozos o los que ya no se escandalizan de la actividad “institucional” de los homosexuales, todos ellos son idiotas útiles y ciertamente harto peligrosos. Porque su actividad –intencionada o no, coordinada o no– resulta esencial a la causa que acompañan.

El idiota útil termina siendo víctima del veneno que contribuye a desparramar. Y es víctima en un doble sentido: absorbe la pócima del error y, además suele ser de los primeros en ser perseguido por los triunfadores que los usaron. Porque el idiota útil es sólo para un momento dado y después no, es un estorbo y entonces ha de ser eliminado. Kerensky puede pasar por el prototipo de esta especie, tan peligrosa como la del revolucionario.

Porque el idiota útil abre las puertas, desbroza el camino, convalida, aquieta las conciencias, neutraliza al enemigo de su compañero de viaje, descalifica al que se opone, es decir, crea el ambiente para que la revolución no tenga necesidad de un golpe excesivamente violento, siempre traumático y que puede despertar una resistencia indeseable. En cambio, transformada en proceso –tal como lo quería Gramsci, profeta de los idiotas útiles– la revolución se vuelve digerible y hasta aceptable, sin que nadie (o muy pocos) lo adviertan. Porque el idiota útil no entrega la ciudadela, simplemente adormece a sus defensores. El idiota útil no se rinde por necesidad sino por debilidad. No traiciona por perversidad sino por ceguera.


AÑO 2019 | GLADIUS 106


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